La leyenda de Aycayía: La mujer encarnación del pecado

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Aycayía era la mejor bailadora de la tribu, era hermosa y la que con más gracia bailaba. Su canto era dulce, y por estas razones perturbaba a los hombres y los alejaba del trabajo y de sus obligaciones como guerreros del cacique.

Es por eso que acordaron consultar al sabio de la aldea, quien les dijo que Aicayía era la mismísima encarnación del pecado, porque con sus cantos y bailes, hacía esclavos a los hombres y los dejaba sin voluntad, y que era virgen y virgen moriría ya que conquistaba a los hombres, pero no se entregaba a ninguno. Sin pensarlo dos veces, el cacique decidió echarla de la tribu y la desterraron a vivir en un paraje apartado en lo que hoy se conoce como Punta Majagua.

Pero los hombres, ¡Ay los hombres! siguieron visitando a Aycayía llevándole todo tipo de regalos costosos, y dejando a sus esposas en Jagua, abandonadas y resentidas por las infidelidades de sus esposos, por eso se quejaron ante el cacique, quien volvió a consultar al Cemí de la diosa Jagua otra vez.

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Esta vez, el anciano les dio a las dolidas esposas unas semillas que debían servir como amuleto contra la infidelidad, y que supuestamente al florecer, debía terminar con las veleidades de sus novios y esposos. Las mujeres plantaron las semillas y de ellas nació un árbol llamado Majagua, que en lengua siboney quiere decir Madre de Jagua. Sus flores y su madera son consideradas amuletos contra la infidelidad conyugal.

Pero resulta que nuestra tierra, tan propensa a ciclones y huracanes, sufrió por aquella época un fuerte huracán que arrasó la casa donde vivía Aycayía y su acompañante, la anciana Guanayoa. Las dos fueron arrastradas por las aguas hacia el mar. La vieja Guanayoa se convirtió en una tortuga y la coqueta Aycayía en una hermosa sirena, que desde entonces vaga por toda la bahía de Jagua sonando un enorme caracol, purgando por el pecado de haber nacido bella, seductora y virgen.

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Luego de esto, la vida volvió a la normalidad, sobre todo para las mujeres de la tribu, que se sentían más seguras, pues sus casquivanos maridos volvieron a estar listos para el trabajo y la guerra. De vez en cuando celebraban areítos para conmemorar hechos notables, en los que las mujeres bailaban con un ojo cerrado y otro abierto, vigilando que no surgiera entre ellas, otra Aycayía, que les robara de nuevo el sosiego.

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